Reflexión

De la palabra a la vida

Cuando el Señor ya ha constituido un grupo que le sigue, Mateo sitúa este impresionante discurso que dura del capítulo 5 al 7 de su evangelio. Lo pueden escuchar y acoger, como advierte la primera lectura, los humildes. Aquellos que estén dispuestos a escuchar y aprender, a guardar esa palabra en el corazón como el que guarda una ley que le salva la vida.

Mateo presenta un retrato que tiene su fundamento en la liberación de Israel, que ha atravesado el Mar Rojo, ha contemplado el poder salvador de Dios en la noche, y camina, guiado por Moisés, al encuentro del Señor, que le va a dar la Ley de la Alianza pactada. Ahora, aquellas doce tribus se encuentran representadas y superadas por los Doce, que escuchan atentamente a un maestro muy especial, que se sienta para enseñar, como aquellos grandes rabinos, porque este maestro no va a transmitir una ley de otro, como hizo Moisés: este nuevo Moisés va a transmitir su propia Ley. Él se refiere al Padre, pero puede dictar su Ley. Un nuevo Moisés que da una nueva Ley. Una nueva Ley que, además, dibuja la silueta del que la pronuncia; fácilmente podemos ver cómo Él la cumple y la encarna. Es por esto que esta alianza la sellará además -lo sabemos- con su propia sangre, no con la de animales.

En este contexto de renovación, de novedad, pero una novedad fundada en continuidad con el pueblo de Israel, Cristo va a ofrecer al nuevo Israel, la Iglesia, un mensaje fundante: el grupo de los que siguen al Señor es el grupo de los bienaventurados, de los felices. ¿Por qué? Porque, con humildad, han acogido la Palabra que, como germen, hace crecer un corazón nuevo y una vida nueva.

Ciertamente, no serán muchos los que acepten estas palabras difíciles, este mensaje paradójico que comienza con las bienaventuranzas, que serán objeto de desprecios, de burlas, e incluso que buscarán ser reinterpretadas para hacerlas más fáciles. Pero solamente tomadas tal cual se nos proclaman ofrecen la felicidad del Señor, de la vida del Reino de Dios.

Durante los próximos domingos, hasta que irrumpa la Cuaresma, iremos escuchando estos tres capítulos, sentados a los pies del Maestro para acoger su palabra. Es importante que vengamos con el corazón bien dispuesto o se nos hará imposible acoger esta nueva ley. Los pobres en el espíritu, nos advierte el salmo, heredarán lo que el Señor tiene preparado: el resto de Israel, que advertía ya la primera lectura. San Pablo profundiza también, en la segunda lectura, en esta idea: «lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar a lo fuerte». O venimos con la actitud de querer ser lo débil del mundo pero lo fuerte para Dios, o lo que vamos a escuchar no producirá efecto bueno en nosotros, al contrario, hará crecer el rencor o el rechazo.

El mensaje, propiamente, de hoy, es una presentación del Reino de los cielos: este Reino ha llegado con Cristo y es así. Este Reino ya ha comenzado, por eso la alegría plena que se manifestará cuando el Reino se implante plenamente, es una alegría que ya está presente en quien vive así: se puede experimentar en la pobreza, la persecución, incluso en el llanto. Cristo no ha vivido su misión tristemente. El Hijo de Dios no es un triste. Ha vivido y
enseñado a acoger felizmente esta forma de vida, con algunas virtudes pasivas y otras activas, todas ellas aquí se viven sólo en germen, como un principio de lo que será en el cielo. Es por eso que es impensable afrontar o elegir unas y no otras: las virtudes no existen sin la persona que las encarna. Tenemos que desearlas todas. Caminemos, entonces, estos meses, con este deseo profundo de ser transformados por la Palabra y el ejemplo que Cristo, nuestro maestro, nos enseña.

Diego Figueroa